Finanzas personales|14 de septiembre de 2021

De la esperanza a las finanzas

Por Jorge Ramírez

Columnista de Capital Ediciones

 

En cada momento, vivimos situaciones donde tomamos decisiones y, sin darnos cuenta, condicionamos nuestro futuro. Creemos que la esperanza es lo que solucionará nuestros problemas y a ese mañana condicionado nunca lo tenemos presente. Además, si alguien nos deja expuestas las posibles consecuencias de esto, nos mostramos indiferentes para no tener que asumir la responsabilidad de la decisión tomada.

 

Si nos preguntamos por qué hablamos de la esperanza y qué tiene que ver en todo esto, tenemos que saber que es un estado que nos hace sentir y convencernos de que podemos obtener todo aquello que deseamos. Si bien esto puede ser así, el problema está en que también creemos que sucederá sin la cuota de esfuerzo, esa corre por cuenta nuestra y ahí es donde fallamos. Cuando debemos asumir una responsabilidad que en el corto plazo no altera el curso de nuestra vida, pero en el mediano o largo plazo genera cambios significativos, dejamos todo en manos del destino y con la esperanza puesta de manifiesto creemos que la meta ya ha sido alcanzada.

 

El inconveniente, en cierta forma, está ligado a la falta de garantía intrínseca en cada decisión, es decir, que nada nos asegura que algo vaya a suceder de esta o aquella manera, solo nos queda aceptar las probabilidades y ponerlas a nuestro favor. Y como en lo único que podemos tener control entre lo que buscamos y lo que obtenemos es en nuestras decisiones, no debemos dejarlas en manos del azar como si el destino estuviera en la obligación de darnos todo.

 

Ahora bien, es hora de abrir los ojos, darnos cuenta y entender que nadie nos debe nada, ni tampoco existe alguien que esté en la obligación de darnos todo lo que deseamos; ergo, nos queda añadir en cada paso que damos, esa cuota de convicción de lo que buscamos, pero esta vez, traducida en las acciones que realmente son necesarias para reducir los daños colaterales que el azar provoca, es decir, asumir la responsabilidad de esos errores que indirectamente son nuestra culpa por no habernos hecho cargo, ni haber sido determinantes cuando tuvimos la oportunidad de decidir nuestro mañana. Es como caminar con los ojos vendados confiados en que no vamos a desviarnos del camino.

 

Lo gratificante de todo esto es que hay opciones, sin embargo, para ello debemos quitarnos la venda y caminar hacia donde realmente queremos ir, sabiendo que llegaremos a donde queremos llegar y asumiendo que no será fácil. Es por eso que conservaremos la esperanza, solo que esta vez la usaremos para motivarnos y no para encausarnos; para esto último, lo que haremos es dejar el desinterés de lado y optar fervientemente por el interés, que es de ahora en adelante quien nos llevará de la mano a nuestro ideal.

 

Sin embargo, aunque con esto es suficiente, es probable que haya algo más, alguno que otro detalle seguramente, pero eso solo será un complemento que colaborará en el proceso. No hay que permitirse omitirlo, proceso y experiencia se vuelven un sinónimo en esta etapa, por lo tanto, él será nuestro verdadero mentor. No saltemos de acá para allá o intentemos dejar de mirar el camino, ya que mientras más lo observemos más lo conoceremos. Aprendamos de él, tengamos la esperanza que se puede llegar, y con el interés de por medio, alcancemos la meta. El paso siguiente ya lo conocemos, queda tomar la decisión más importante, que es darle verdadero interés a nuestras finanzas, un interés que nos comprometa y nos obligue a definir una meta financiera, trazar la ruta y dar el paso que dé comienzo al viaje. A partir de ese momento, los obstáculos se volverán emocionantes y disfrutarás de ellos y cuando llegues a tu objetivo, cuando lo alcances y lo tengas sujeto a tus manos, el interés y la esperanza estarán observando como tú y tu proceso disfrutan de las recompensas.

 

No obstante, y antes de cerrar la idea, dejemos claro que nada de esto es tan simple como leerlo, no es una receta de cocina que si la sigues al pie de la letra obtendrás un resultado casi garantizado. Sin embargo, se asemeja demasiado si entiendes que la diferencia radica en que los ingredientes son  tus actitudes y la forma de cocinarlos es tu  determinación; por consiguiente, si no alcanzas tus objetivos es porque fallaron tus ingredientes o porque no los cocinaste lo suficiente, considerando que lo que nunca cambia es que el cocinero y responsable de tu futuro, eres tú.