Crisis energética: Trump pide a sus aliados que “se arreglen” ante el cierre de Ormuz

Con el paso marítimo clave bloqueado y el mercado energético en tensión, el presidente de EE.UU. endurece su discurso, deja dudas sobre el rol de Washington y mete presión a Europa y al Golfo para que tomen la posta.

Por Eric Nesich

Periodista especializado en Economía y Finanzas

Hace 2 horas

En medio de un clima internacional cada vez más espeso por el cierre del estrecho de Ormuz —por donde circula cerca del 20% del petróleo del planeta—, Donald Trump volvió a hablar y lo hizo sin demasiados rodeos. El presidente de Estados Unidos apuntó a los países que ya sienten el impacto en el abastecimiento energético, en especial en el combustible para aviación.

 

A través de publicaciones en su red social, el mandatario les sugirió a esas naciones que busquen soluciones por su cuenta. Entre las alternativas, deslizó la posibilidad de comprar recursos en EE.UU. o incluso intervenir directamente en la zona en conflicto. La idea de fondo: que cada uno se haga cargo de su propia seguridad, tanto energética como militar.

 

En esa línea, Trump fue más allá y advirtió que sus aliados “tendrán que aprender a luchar por sí mismos”, una frase que deja entrever un posible cambio de rumbo en el histórico papel de Washington como garante del orden global. Todo esto se da mientras mantiene una postura cada vez más dura frente a Irán, a quien amenazó con golpear infraestructura clave si no se normaliza el tránsito por el estrecho.

 

El bloqueo ya empezó a sentirse fuerte en los mercados: el precio del crudo se disparó y varias cadenas de suministro quedaron tambaleando, con impacto directo en el combustible aeronáutico. Especialistas alertan que, si la situación se estira, puede haber más presión inflacionaria y un escenario económico global todavía más incierto.

 

Según publicó The Wall Street Journal, tras hablar con funcionarios estadounidenses, Trump llegó a decirle a su equipo que podría dar por terminada la campaña militar contra Irán incluso si el estrecho sigue mayormente cerrado. Eso implicaría, en los hechos, aceptar que Teherán mantenga el control de esa vía estratégica por más tiempo.

La postura contrasta con lo que había lanzado días atrás, cuando amagó con escalar el conflicto: “Si el estrecho de Ormuz no queda inmediatamente "abierto para negocios", concluiremos nuestra encantadora "estadía" en Irán volando y destruyendo por completo todas sus centrales eléctricas, pozos de petróleo y la isla Kharg (¡y posiblemente todas las plantas de desalinización!), que deliberadamente aún no hemos "tocado"”, había advertido.

 

En paralelo, en Washington evaluaron distintos escenarios. Forzar la reapertura del estrecho podría implicar una guerra de entre cuatro y seis semanas, con chances de una ofensiva terrestre. En la zona ya hay unos 50.000 efectivos del Pentágono listos para moverse hacia puntos estratégicos como la isla de Kharg.

 

Frente a ese panorama, la Casa Blanca estaría inclinándose por un objetivo más acotado: debilitar la capacidad naval iraní, limitar su arsenal de misiles y bajar la intensidad del conflicto, mientras intenta empujar una salida diplomática que permita reactivar el comercio en la zona.

 

Si ese camino no prospera, Estados Unidos buscaría que sus socios europeos y del Golfo tomen la delantera para reabrir el paso marítimo. Opciones militares más amplias siguen sobre la mesa, pero por ahora no serían la prioridad inmediata.

 

En el último mes, Trump fue y vino con su discurso sobre Ormuz: fijó plazos que después pateó, lanzó amenazas que no concretó y, en otros momentos, relativizó la importancia del estrecho para su país. Esa falta de una línea clara suma ruido a un escenario ya cargado.

 

Mientras tanto, los analistas coinciden en algo: cuanto más tiempo siga bloqueado el estrecho, mayor será el golpe para la economía mundial. El encarecimiento del petróleo no solo afecta a la energía, sino que se traslada a precios, transporte y producción, con impacto directo en el bolsillo a nivel global.

 

A esto se le suma un factor político nada menor: la presión interna en distintos países que dependen de ese flujo energético. Gobiernos que hasta ahora miraban de reojo el conflicto podrían verse obligados a tomar postura, lo que ampliaría el mapa de tensión y complicaría cualquier intento de desescalar.

 

 

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