Por qué cada vez más jóvenes profesionales dejan la relación de dependencia para emprender

No se trata de una moda pasajera ni de una romantización del emprendedurismo. Se trata de una transformación profunda en la manera de entender el éxito.

Por Nicole Barat

Empresaria, CEO en Niki Beauty Bar, referente en liderazgo femenino

 

Durante mucho tiempo, en la Argentina, el camino parecía bastante claro: estudiar, conseguir un buen trabajo, crecer dentro de una empresa y apostar a una carrera estable. Para generaciones enteras, la relación de dependencia representó orden, previsibilidad y una idea bastante concreta de progreso. Pero algo cambió. Y ese cambio no es solo económico: es, sobre todo, cultural.

Cada vez más jóvenes profesionales dejan de mirar el trabajo únicamente como una fuente de ingreso y empiezan a pensarlo también como una herramienta de realización, autonomía y sentido. Ya no alcanza con tener un buen puesto, una oficina cómoda o un sueldo competitivo. Para muchos, eso que antes era la meta hoy resulta insuficiente si no viene acompañado de libertad de decisión, flexibilidad y la posibilidad de construir algo propio.

Los datos ayudan a entender esa transformación. Según Randstad, 1 de cada 3 trabajadores de la Generación Z en la Argentina planea cambiar de empleo en los próximos 12 meses, muy por encima de otras generaciones. Y hay un dato todavía más elocuente: solo el 11% de los centennials imagina quedarse indefinidamente en su puesto actual. Esa cifra no habla de falta de compromiso; habla de otra relación con el trabajo, menos basada en la permanencia y más en la búsqueda de evolución, propósito y autonomía.

No se trata de una moda pasajera ni de una romantización del emprendedurismo. Se trata de una transformación profunda en la manera de entender el éxito. Durante años, el reconocimiento estuvo asociado al cargo, al nombre de la empresa o al ascenso dentro de una estructura. Hoy, para una parte importante de los jóvenes profesionales, el prestigio también pasa por otro lado: por crear una marca, liderar un proyecto, administrar el propio tiempo y sentir que el esfuerzo impacta de manera directa en algo propio.

En ese cambio de mentalidad hay otro dato clave. Randstad relevó que el 87% de los trabajadores argentinos considera que el equilibrio entre vida y trabajo es un factor decisivo al momento de quedarse en un empleo o buscar otro. Es decir: la estabilidad ya no alcanza por sí sola. Si no hay margen para vivir mejor, crecer o decidir con mayor libertad, el vínculo con la empresa se vuelve mucho más frágil.

Ahí aparece uno de los motores más fuertes de esta época: la búsqueda de autonomía. No solo económica, sino también emocional y profesional. Poder decidir. Poder probar. Poder equivocarse bajo reglas propias. Poder elegir con qué ritmo trabajar, con quién asociarse, qué cultura construir y qué visión perseguir. Para una generación que valora más que nunca la flexibilidad, ese deseo pesa cada vez más.

Por supuesto, emprender no es un camino fácil. Mucho menos en la Argentina. Requiere tolerancia al riesgo, disciplina, capacidad de adaptación y una resiliencia que no se aprende en ningún manual. Pero justamente por eso, también representa algo potente: la posibilidad de convertir la incertidumbre en un proyecto, en lugar de padecerla solamente como una amenaza.

Mi propia historia se inscribe en ese cambio. Dejé una multinacional en 2020, invertí $600.000 de indemnización, equivalentes a unos US$5.000 de entonces, y transformé ese capital en el punto de partida de un proyecto que hoy tiene 14 locales, más de 130 manicuras y presencia en Miami. Más allá de los números, lo importante fue la decisión de no seguir acomodándome a una estructura que ya no coincidía con la vida que quería construir.

Pero quizás lo más valioso de emprender no está solo en construir una marca propia, sino en el impacto que esa decisión puede generar en la vida de otras personas.

Hoy, detrás de cada local, hay mujeres que encontraron una oportunidad de trabajo, una posibilidad de independencia económica y un espacio para crecer profesionalmente dentro de una comunidad con propósito. Emprender también es eso: crear empleo, profesionalizar oficios, abrir caminos y aportar al ecosistema emprendedor del país.

En un contexto desafiante como el de la Argentina, construir empresa también significa apostar al futuro. Significa generar movimiento económico, formar equipos, impulsar talento y demostrar que todavía es posible crear proyectos que no solo transformen la vida de quien emprende, sino también la de toda una comunidad.

Eso no significa que todo el mundo deba dejar su empleo y lanzarse por su cuenta. Ni que la relación de dependencia haya perdido valor. Hay enormes carreras dentro del mundo corporativo. Pero también sería ingenuo negar que existe un cambio generacional en marcha. Uno que empuja a revisar viejas ideas sobre trabajo, éxito y seguridad.

Tal vez la gran novedad de esta época sea esa: ya no se emprende solo por necesidad. También se emprende por visión, por deseo, por identidad y por impacto. Porque hay una generación que entendió que trabajar no es únicamente cumplir horarios, sino también tomar posición sobre la vida —y la comunidad— que quiere construir.

 

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