Wall Street|29 de enero de 2021

De burbujas y tulipanes

En esta semana tan particular, en que hemos visto subas excesivas de precios de acciones que tendían a desaparecer, es bueno volver a recordar el concepto de "Tulipomanía".

Por Facundo Medina Aimale

Asesor Financiero

 

Últimamente hablamos mucho de burbujas financieras. Burbuja en alguna extraña cryptoshit, burbujas diagramadas en foros de internet, burbuja en el precio de los inmuebles, burbujas en una oportunidad de rendimientos asombrosos que nos presenta alguien, etc. 

 

¿Pero sabemos qué es una burbuja? ¿Recordamos alguna?

 

Una burbuja financiera se produce cuando el precio de algo sube de forma continua y alejada de toda lógica, no por su valor intrínseco, sino porque las personas que lo compran esperan poder venderlo con una mayor ganancia, hasta que la burbuja estalla debido a ventas masivas por falta de compradores dispuestos a adquirirlo. Esto provoca una caída brusca hacia precios bajísimos, dejando sólo deudas y destrucción de riqueza.

 

Ejemplos de esto fueron el crack de 1929, la burbuja puntocom de los 2000, la crisis subprime en 2008 y el crypto-crack del 2018. 

 

Pero mucho antes de ésto, hubo una burbuja tan grande como absurda: el frenesí irracional de la “Tulipomanía” de Holanda en el siglo XVII, cuando los compradores de tulipanes pensaron que su comercio sería su boleto a la alta sociedad holandesa, al punto de que se descuidó la industria del país, lo que la convirtió en sinónimo de locura en los mercados.

 

Todo comenzó a mediados del siglo XVII, con Holanda gozando de riqueza y prosperidad debido al comercio de las Indias Orientales. Así como hoy los superricos coleccionan Lamborghinis, Huevos de Fabergé o pinturas a precios extraordinarios, la nueva clase adinerada de comerciantes holandeses comenzó a coleccionar y exhibir tulipanes importados de Turquía, que consideraban exóticos: la flor era un símbolo de estatus. Siguiendo a los ricos, las clases medias mercantiles buscaron emularlos y también fijaron su interés en los tulipanes.

 

El suelo neerlandés, idóneo para su cultivo, lo extendió por todo el país. En esa época, algunas variedades de tulipanes cultivados fueron infectados por un virus en ese entonces desconocido que los hacía mutar de simples pétalos de color llamativo a patrones exquisitamente aleatorios, aumentando su exotismo (y su precio). 

 


Tener un bulbo de tulipán raro era como tener un purasangre campeón: valioso en sí mismo pero aún más valioso por su posible descendencia. 
Las variedades más raras incluso fueron bautizadas con nombres de personajes ilustres, como ejemplo el popular tulipán “Semper Augustus”.

 

Hasta entonces, este comercio se limitaba a cultivadores, pero los precios en aumento tentaron a familias pobres y clase media a especular en el mercado de los tulipanes, hipotecando viviendas, propiedades e industrias para poder comprar los bulbos de la flor sólo para venderlas a precios más altos.
Para darnos una idea, un solo bulbo podía llegar a valer 1000 florines, mientras que una persona normal tenía ingresos anuales de 150 florines.

 


A partir de 1620 el precio del tulipán creció aceleradamente: ventas absurdas de lujosas mansiones a cambio de un solo bulbo, o flores vendidas a cambio del salario de quince años de un artesano bien pagado. Así, comenzó el comercio especulativo de tulipanes, con beneficios del 500 %.

 

Tal fue la fiebre por los tulipanes, que se creó un mercado de futuros a partir de bulbos aún no recolectados del suelo: los compradores se endeudaban para adquirir las flores, y llegó un momento en que ya no se intercambiaban bulbos sino que se efectuaba una auténtica especulación financiera mediante notas de crédito. El mismo bulbo de tulipán, o más bien el futuro de tulipán, se comercializaba a veces diez veces al día. Ese fenómeno fue conocido como “negocio de aire”, ya que nadie quería los bulbos, solo las ganancias; era un fenómeno de pura codicia.
Este mercado de futuros llevó a que los precios subieran aún más por el hecho de que los proveedores no podían satisfacer toda la demanda.

 

El 5 de febrero de 1637, un lote de tulipanes de gran rareza se vendió por 90.000 florines, siendo la última gran venta. 
Entonces la burbuja estalló: al día siguiente se puso a la venta un lote de medio kilo por 1250 florines sin encontrarse comprador que pudiera pagar los precios máximos que se habían alcanzado. Los precios comenzaron a caer en picada: todo el mundo vendía y nadie compraba. 

 


La gente había comprado a crédito, comprometiendo enormes sumas para comprar flores que ahora no valían nada. La falta de garantías de ese rústico mercado de futuros, junto con la imposibilidad de hacer frente a esos contratos (sumado al pánico), llevaron a vender los bulbos de tulipán a cualquier precio y declarando quiebras en el proceso. Entre los compradores que no tenían dinero y los vendedores que no tenían bulbos, hubo muchas quejas sobre quién debía qué a quién.
 

 

La manía disminuyó y las consecuencias fueron dolorosas, causando un choque cultural en una economía basada en el comercio y las relaciones de crédito elaboradas. 

 

Estudios recientes cuestionan el alcance de esta crisis, sugiriendo que puede haber sido exagerada por la literatura de la época como una parábola de codicia y exceso.
Sea o no verdad, nos deja interrogantes acerca de cómo reconocer precios burbujeantes sin un fundamental de valor por detrás cuando las veamos. Debemos comparar el valor real con el precio de mercado y preguntarnos: ¿Tienen una relación lógica? ¿La brecha es abismal en una comparación histórica? ¿Es muy corto el lapso de tiempo en el que se dio esa suba o fue un crecimiento racional?
Además es importante tener en cuenta el contexto y la relevancia que ocupa en la conversación de los medios: ¿Se trata sólo de un rumor? ¿Hay grupos de interés manipulando la información? 

 

No es simple, pero si estamos atentos, informados, y sobre todo bien asesorados por profesionales, tendremos menos chances de ser los últimos compradores pagando la fiesta de tantos otros, ya que los mismos aspectos observados se repiten constantemente en libros de economía, e incluso pueden dispararse por tweets casuales, subreddits y otras yerbas más actuales.