UE–Mercosur: se firma el acuerdo histórico que promete reordenar el comercio global

Después de 26 años de negociaciones, este sábado en Asunción se firmará el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea. Será de aplicación provisoria, pero su impacto ya se perfila profundo en comercio, inversiones y geopolítica.

Por Eric Nesich

Periodista especializado en Economía y Finanzas

Hace 1 hora

Tras más de dos décadas de idas y vueltas, el Acuerdo de Asociación entre el Mercosur y la Unión Europea finalmente se concreta. Aunque su entrada en vigencia será provisoria hasta que lo ratifiquen los parlamentos nacionales y el Europeo, el pacto ya marca un antes y un después en la relación entre ambos bloques.

 

En términos de magnitud, el acuerdo arma una de las zonas de libre comercio más relevantes del mundo: 720 millones de personas repartidas en 31 países, con un PBI conjunto de US$ 24,2 billones, lo que representa algo más del 20% de la economía global. No es el tratado más grande por población, pero sí uno de los más ambiciosos por su alcance: regula bienes, servicios, compras públicas y suma compromisos ambientales.

 

Uno de los puntos centrales pasa por los aranceles. Cerca del 92% del comercio bilateral quedará libre de impuestos, ya sea de manera inmediata o con períodos de transición que van de 5 a 15 años, según el sector. Para Europa, esto implica un ahorro estimado en unos 4.000 millones de euros anuales. Para el Mercosur, la gran ventaja es el acceso preferencial para casi todas sus exportaciones agropecuarias.

 

El capítulo industrial es el que genera más ruido. Los autos europeos, que hoy pagan un arancel del 35% para ingresar al Mercosur, comenzarán a quedar liberados de manera gradual, sin cláusulas que permitan frenar el proceso. Lo mismo ocurre con maquinaria, tecnología y equipamiento industrial. Esto favorece a grandes automotrices, fabricantes de autopartes, empresas tecnológicas y laboratorios farmacéuticos europeos.

En el agro, el Mercosur logra un acceso amplio al mercado europeo, aunque con excepciones clave: cupos para carne vacuna, aviar, azúcar y etanol. A su vez, se mantienen intactas las exigencias sanitarias y ambientales de la Unión Europea. Para tranquilizar a los productores europeos, el acuerdo incluye salvaguardas que permiten frenar importaciones si generan distorsiones fuertes en los precios internos.

 

Otro capítulo relevante es el de servicios y contratación pública. Empresas de ambos lados podrán competir en licitaciones estatales y ofrecer servicios financieros, logísticos y digitales con menos trabas. En la práctica, las grandes beneficiadas serían las compañías europeas, que ya tienen escala y presencia en la región, aunque también se abren oportunidades para firmas del Mercosur.

 

En Argentina, el balance aparece desparejo. El sector agroexportador de mayor valor agregado —carne premium, vinos, aceites y alimentos procesados— se perfila como ganador. En cambio, industrias como la automotriz, la metalúrgica, el textil o el calzado quedan más expuestas a la competencia externa. Además, el agro que no logre cumplir los estándares europeos difícilmente pueda aprovechar el acuerdo.

 

Más allá del comercio, el pacto tiene una fuerte lectura geopolítica. Europa busca reducir su dependencia de China, asegurar mercados en el Mercosur y garantizar acceso a materias primas estratégicas como litio y cobre. Para Sudamérica, el acuerdo abre una puerta para diversificar exportaciones y no depender tanto del gigante asiático.

 

Finalmente, el tratado también apunta a dar previsibilidad política. En un contexto de tensiones, cruces ideológicos y cambios de gobierno, el acuerdo funciona como un marco estable que trasciende coyunturas. Para sus defensores, no es solo un tratado comercial: es una apuesta estratégica de largo plazo que vuelve a colocar a la región en el centro del mapa global.

 

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