Comercio abierto, economía real: el desafío de convertirlo en inversion y competitividad

Durante 2025, se reactivaron canales que habían quedado virtualmente cerrados y el comercio exterior volvió a ocupar un lugar central en la discusión económica.

Por Yanina Lojo

Experta en comercio exterior y finanzas

El 2025 cerró para la Argentina con un dato que debería estar en primer plano del debate económico: la balanza comercial de bienes registró un superávit de USD 11.286 millones, resultado de exportaciones por USD 87.077 millones e importaciones por USD 75.791 millones, según los datos oficiales del Intercambio Comercial Argentino publicados por el INDEC. El número confirma que el comercio volvió a moverse y que el intercambio dejó atrás, al menos parcialmente, la lógica defensiva que marcó años anteriores.

 

Durante 2025, la normalización de flujos, la flexibilización de restricciones y un contexto internacional más dinámico se reflejaron en una realidad concreta: se reactivaron canales que habían quedado virtualmente cerrados y el comercio exterior volvió a ocupar un lugar central en la discusión económica.

 

El crecimiento de las compras al exterior vía courier es, probablemente, el ejemplo más visible de este cambio. No se trata sólo de un fenómeno de consumo. Detrás de ese aumento hay algo más estructural: la reapertura de mecanismos que durante mucho tiempo fueron directamente impracticables, incluso para operaciones de bajo monto. Donde antes había trabas administrativas y costos que desalentaban cualquier intento, hoy hay acceso y previsibilidad.

 

En línea con lo anterior, en los últimos días se habló mucho del crecimiento de las importaciones vía courier, con incrementos superiores al 200% interanual. El dato, tomado de manera aislada, parece contundente. Pero vuelve a aparecer el mismo riesgo de siempre: mirar los números sin contexto.

 

Hasta diciembre de 2024, este tipo de operaciones eran prácticamente imposibles. Los límites eran bajos, las restricciones operativas múltiples, existían cupos estrictos y, además, el Impuesto PAIS encarecía de forma significativa cualquier intento de compra al exterior bajo este régimen. No había, en los hechos, un flujo comparable.

 

Por eso, el salto en términos porcentuales luce impactante, pero no necesariamente refleja un crecimiento real en términos estructurales. Recién a medida que avance 2026, con un régimen ya normalizado y una base de comparación más estable, será posible evaluar cuánto de este aumento responde a un cambio sostenido en los flujos y cuánto es simplemente efecto de la reapertura de un canal que estuvo virtualmente cerrado.

 

Por ello, leer los datos sin contexto puede llevar a conclusiones apresuradas. El aumento de las importaciones no es, en sí mismo, una señal negativa. En cualquier economía que aspire a crecer, importar forma parte del proceso productivo: insumos, bienes intermedios, tecnología, equipamiento. El problema aparece cuando el debate se queda en el volumen y no avanza hacia lo verdaderamente relevante: qué se importa, para qué y cómo compiten las empresas locales.

 

¿Por qué? Porque a esta discusión se suma que mientras los flujos se liberalizan, los costos asociados a importar siguen siendo elevados. Impuestos, falta de infraestructura y altos costos de financiamiento continúan condicionando la competitividad real de las empresas, en especial de las pymes. El acceso mejora, pero eso no siempre se traduce en eficiencia.

 

Según datos de Argencon, validados por las estadísticas de exportaciones de servicios del INDEC, las exportaciones de la economía del conocimiento alcanzaron en 2025 cerca de USD 9.700 millones, con un crecimiento interanual superior al 20%No es un dato menor. Se trata de exportaciones que generan divisas genuinas, con bajo requerimiento de importaciones asociadas y alto valor agregado.

 

Es, probablemente, uno de los pocos segmentos donde Argentina compite de igual a igual en las cadenas globales, no por precio, sino por capacidades.

 

En paralelo, el escenario internacional impone sus propias reglas. La fragmentación del comercio global, la reconfiguración de las cadenas de valor y el uso cada vez más explícito de herramientas comerciales con fines geopolíticos obligan a mirar más allá de las fronteras. El comercio dejó de ser neutral: hoy es estrategia, poder y posicionamiento.

 

En ese tablero, Argentina enfrenta un doble desafío. Por un lado, aprovechar la apertura para integrarse de manera inteligente al mundo. Por otro, lograr que esta apertura se traduzca en  inversión y con impacto sostenible en la economía real.

 

El debate de fondo no es si abrir o cerrar. Es cómo transformar el comercio exterior en una verdadera palanca de desarrollo. El comercio volvió a moverse. La clave será desarrollar una estrategia que trascienda la coyuntura.

 

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