Gobierno|21 de abril de 2021

¿Qué significa patear el tablero legislativo?

Por Marina Kienast

Abogada, Traductora y dirigente de Republicanos Unidos

 

Hace unos días sorprendí a mis hijos jugando con sus amigos a un juego de mesa. “La única regla es que no hay reglas” decían. Como era de esperarse, al poco rato voló el tablero por el aire. Bajo la anarquía absoluta, cualquier tablero vuela por el aire. Pero si estamos de acuerdo que sin normas no se vive, con demasiadas tampoco. El exceso de regulaciones en nuestro país es uno de los grandes responsables del freno al espíritu innovador y emprendedor y, consecuentemente a la generación de riqueza. ¿Y si pateamos el tablero legislativo y empezamos de nuevo?

 

Argentina se encuentra 148 en el Índice de Libertad Económica, que mide, entre otras cosas, la eficiencia regulatoria en cuestiones tales como la libertad de comercio, laboral y monetaria. Está demostrado que esta beneficia a los más necesitados: al apoyar a las empresas y al comercio, reduce los precios al consumidor final, aumenta el empleo y mejora la calidad de vida de los ciudadanos, que pueden así acceder a servicios y productos innovadores. El “respiro” que significa para el sector privado contar con un marco regulatorio que proteja sus inversiones, vele por el cumplimiento de sus contratos, y le permita recoger el fruto de su riesgo, es esencial para el crecimiento y el desarrollo de una sociedad.  

 

¿Sugiere esto jugar sin reglas? ¿Deshacernos del Estado? Para nada. Lo importante es recuperar el concepto de Estado como servidor público, como encargado de administrar aquellas cuestiones que no pueden ser coordinadas por los individuos por sí solos, como la justicia o la seguridad. Es pedirle que trabaje a nuestro lado y que no se cargue en nuestras espaldas. Es encomendarle que encare de manera seria, responsable y razonable el proceso legislativo para no estrangular el espíritu creativo e innovador de los emprendedores argentinos, reconocido en el mundo entero.

 

En los últimos meses hemos superado el 40% de pobreza. Más de la mitad de los niños son pobres. Las viejas recetas ya probaron ser inútiles. Nos debemos una patada al tablero legislativo y arrancar de nuevo. Con reglas modernas, resilientes, flexibles e impermeables a grupos de interés que buscan beneficiarse a expensas de la gente. Leyes que entendamos todos, simples y precisas. Que resuelvan problemas, no que los creen. Que tengan una visión habilitadora del sector privado y contengan a los que se vean afectados por las reformas profundas que conciban. 

 

La legislación que necesitamos para ser competitivos y sumarnos a un mundo de progreso debe considerar la diferencia de velocidad entre el desarrollo tecnológico y la adaptabilidad de la regulación para los nuevos inventos. Los legisladores ignoran por completo el proceso creativo de nuevos productos, sus potenciales efectos y riesgos. Del lado del emprendedor, nunca se sabe si el invento será autorizado en el mercado, cuanto tiempo demorará su licencia y bajo qué condiciones se va a poder comercializar. Si la innovación se caracteriza por la incertidumbre en su proceso y resultados, no es lógico que el legislador responda con regulaciones inflexibles. 

 

Esto plantea el desafío de diseñar políticas que incorporen etapas de aprendizaje y revisión de la norma a medida que se tiene acceso a más información disponible, con mecanismos de rediseño de manera rápida y económica. Necesitamos normas con vencimientos y renovaciones en base a resultados. Esto puede hacerse fácilmente gracias a la abundancia de información y datos con los que podemos contar.

 

En resumen, para revertir la miseria y el atraso económico hay que acabar con la fórmula legislativa de debates políticos impregnados de fanatismo ideológico y apostar por una revolución legislativa en miras a incorporar a los argentinos en el camino del futuro, donde la tecnología se pone al servicio del ciudadano. Lo importante es darnos cuenta que la pobreza nos acecha y que el mundo se mueve y no espera a los rezagados. Es momento de ser responsables y exigir reglas claras, serias y eficientes. Esto no es un juego de mesa, y nosotros no somos niños.