Rico en los papeles, pobre en experiencias
No es que a esta gente le falte plata. Le falta liquidez. Y son cosas completamente distintas.
Por Matías Daghero
Agente Asesor Global de Inversión, Presidente de @closingbelladv
Hay un tipo de cliente que veo seguido en mi oficina. Tiene un campo, o dos departamentos, o una casa que heredó y nunca vendió. Tiene dólares guardados, algunos en el banco, otros en la caja de seguridad. Si le pedís que sume todo, el número es importante. Muy importante.
Y sin embargo, esa misma persona duda antes de gastar en un viaje. Posterga la reforma de la cocina. Sigue manejando el auto que ya debería cambiar. "Por las dudas", dice.
Ese es el patrón que más veces me toca ver cuando analizo el patrimonio de las personas: rico en los papeles, pobre en experiencias.
El patrimonio que no se siente
No es que a esta gente le falte plata. Le falta liquidez. Y son cosas completamente distintas.
Tener un campo no es lo mismo que tener esa misma plata disponible para vivir mejor hoy. Tener un departamento alquilado no es lo mismo que tener ese dinero disponible para hacer un viaje o reformar la cocina.
El patrimonio, cuando está mal distribuido, se convierte en una especie de espejismo: existe en el papel, pero no se puede tocar sin fricción. Vender un campo lleva años. Vender un departamento, a veces, también. Mientras tanto, la vida te sigue pasando y vos seguís con el freno de mano puesto.
Y todo por cometer un error que podés evitar con una buena planificación financiera.
La trampa del capital que no podés tocar
Hay otro perfil con el que hablé muchas veces y seguramente se te venga a la cabeza que conocés gente así. Es el del dueño de una PyME que factura bien, que si tuviera que vender la empresa hoy conseguiría un número de cientos o incluso varios millones de dólares.
Y, sin embargo, ese mismo empresario a fin de mes hace la cuenta del sueldo (o ni saca casi sueldo), cuida cada gasto personal, y siente que "no le sobra". Todo su patrimonio está adentro del negocio: en stock, en maquinaria, en capital de trabajo, en las paredes del local. Vale muchísimo. Pero no se puede tocar sin descapitalizar la empresa que le da de comer. Corre para que todos cobren su sueldo, pero él casi no tiene.
Pienso también en el dueño de un campo grande, o de un inmueble importante, que en el papel es un patrimonio envidiable. Si lo tasara un martillero, el número lo dejaría tranquilo. Pero ese campo no le paga las vacaciones. No le paga la cirugía de un familiar, ni el cumpleaños de 15 de la hija, ni el gusto de decir que sí sin pensarlo dos veces. Para eso, tendría que vender una fracción, con todo lo que implica vender tierra: tiempo, esfuerzo, y muchas veces la sensación de estar "tocando lo que no se toca".
En los dos casos pasa lo mismo: el patrimonio es real, es grande, y al mismo tiempo es completamente inútil para resolver lo cotidiano. Son personas "ricas" que cuentan las monedas para pagar un viaje familiar. No porque no tengan, sino porque todo lo que tienen está atado a un solo activo, en un solo lugar, sin ninguna salida líquida.
Y ojo, esto no es un error de gestión del campo ni de la empresa. El campo tiene que seguir siendo campo, y la PyME tiene que seguir reinvirtiendo para crecer. El error está en no separar nunca una porción, así sea chica, para que exista afuera de ese activo. Una porción que no dependa de la próxima cosecha, ni de cómo le vaya al negocio este semestre, ni de encontrar comprador para el campo. Una porción líquida, invertida con criterio, que esté ahí simplemente para vivir.
El tema es que con la inercia del día a día el empresario PYME si le sobra algo sigue metiéndolo en su empresa, aunque después se pregunte por qué siente que no tiene un peso. El dueño del inmueble sólo piensa en comprar otro inmueble, aunque después se pregunte por qué se siente asfixiado cuando tiene que hacer frente a un gasto inesperado.
La cuenta que sí podés hacer hoy
Todo esto suena bien en la teoría, seguramente te has sentido identificado con alguno de los casos ol lo ves reflejado en algún familiar o amigo. Pero lo que realmente mueve la aguja es hacer la cuenta con tu propia situación. Y es más simple de lo que parece.
Paso 1: calculá tu porcentaje líquido. Sumá todo lo que podrías convertir en efectivo en menos de una semana, sin rematar nada: inversiones en bolsa y dinero en efectivo. Dividilo por tu patrimonio total (incluyendo campo, empresa, inmuebles). Ese número es tu "liquidez real".
Si te da menos del 15-20%, estás en el patrón que veníamos hablando: mucho patrimonio, poco margen de maniobra. Es algo sumamente común que pase pero que te deja atado de pies y manos si necesitas efectivo para un viaje, una mejora en tu casa o una emergencia familiar.
Paso 2: definí cuánto necesitás liberar. No hace falta liberar el 50% de golpe. Con destinar un 10-15% de tu patrimonio total a una cartera líquida y diversificada, ya cambia completamente tu relación con el dinero del día a día. Por ejemplo, sobre un patrimonio de USD 800.000 (campo + algo de ahorro), llevar USD 100.000-120.000 a una cartera invertida es perfectamente razonable sin tocar el corazón del negocio o del campo.
Acá no te estoy diciendo que tenés que vender el campo, los departamentos o tu PyME y poner todo en la bolsa. Muchos asesores te van a decir que lo hagas comparando los rendimientos y riesgos, que suelen favorecer en la mayoría de los casos a la inversión en bolsa.
Pero hay que entender que la realidad es más compleja y cada activo cumple su función dentro del patrimonio. Quizás el campo te da la conexión de la herencia de tus abuelos y el sentido de logro de trabajar la tierra. Puede que el departamento funcione como un ancla que te ayude a siempre mantener un piso de capital. No es que hay que salir corriendo a vender todo, sólo hay que darle su justa medida a cada instrumento.
Podrías ir separando de las utilidades o alquileres una porción e ir constituyendo tu cartera, lo cual me lleva al siguiente paso:
Paso 3: armá el plan. Una estructura simple y conservadora para esa porción líquida podría verse así:
- 40% en Obligaciones Negociables de buena calidad crediticia para generar renta periódica en moneda dura.
- 30% en CEDEARs diversificados (para capturar crecimiento de largo plazo sin concentrar todo en Argentina.
- 20% en instrumentos en pesos a tasa (Lecaps, Lecer y otros bonos en pesos), aprovechando que con la inflación cediendo, el rendimiento real en pesos volvió a ser interesante.
- 10% en liquidez inmediata, para necesidades imprevistas sin tener que vender nada del resto.
Son números de referencia, no una receta única (el mix correcto depende de tu perfil de riesgo y tu horizonte) pero sirve para ver que "invertir" no es un salto al vacío, es una estructura con partes bien definidas. Y lo mejor de todo es que estos instrumentos tienen liquidez en 24hs en el mercado de capitales. Por supuesto que una buena estrategia se arma para el largo plazo, al igual que con cualquier inversión. Pero te da esa tranquilidad, ese margen de maniobra que hoy te está faltando.
El as bajo la manga para la liquidez puntual
Y acá va un dato que muy pocos argentinos con patrimonio importante conocen o usan: si tenés cartera invertida en la Bolsa y necesitás liquidez puntual (para una oportunidad, un gasto grande, un bache financiero puntual de fin de mes) podés tomar caución bursátil en lugar de vender tus activos o pedir un préstamo bancario.
En criollo: dejás tus títulos en garantía y tomás pesos prestados por unos días, a una tasa que hoy ronda el 19-20% TNA, muy por debajo de lo que te cobraría cualquier adelanto de cuenta corriente o tarjeta de crédito, y sin tener que deshacer tu cartera ni perder la posición que armaste. También se puede hacer en dólares, con tasas que hoy rondan apenas el 1% o 2% anual. Buena suerte consiguiendo esa tasa por fuera del mercado de capitales con el nivel de tasas usurarias que se manejan en mercado, tengas el patrimonio que tengas.
Es, literalmente, la diferencia entre tener el patrimonio trabajando y disponible, en vez de tener que elegir entre una cosa o la otra.
El reflejo argentino
Acá jugamos todos con las mismas cartas culturales: desconfiamos del sistema, así que compramos ladrillo. Desconfiamos del peso, así que guardamos dólar billete. Son dos reflejos que tienen su lógica (los aprendimos a los golpes, en un país que nos dio motivos de sobra) pero que, sumados, arman una cartera con un problema estructural: todo ilíquido, o todo rindiendo cero (incluso negativo si medimos el impacto de la inflación).
Nadie construye ese desbalance a propósito. Se va armando así, decisión por decisión, durante años. El campo que compró tu papá porque le daba tranquilidad. El departamento que quedó de una herencia. Los dólares que se van juntando "porque no sabía en qué otra cosa ponerlos". Ninguna decisión individual está mal. El problema es que nunca se piensan juntas.
De nada sirve ser el más millonario del cementerio
No estoy hablando de gastar de más ni de vivir al límite. Estoy hablando de algo más simple: que una parte de lo que construiste, aunque sea una parte razonable, esté disponible y trabajando (en instrumentos en pesos o en dólares que tengan sentido según tu horizonte) para que tu patrimonio te devuelva algo de lo que se supone que tiene que devolverte. Margen. Tranquilidad. La posibilidad de decir que sí sin hacer la cuenta tres veces.
Porque al final, el patrimonio no es un fin en sí mismo. Es una herramienta. Y una herramienta que no se usa, por más valiosa que sea, no cumple su función.
El mejor momento para ordenar esto
No hace falta vender el campo ni liquidar todo lo que construiste. Hace falta, simplemente, sentarse a mirar el conjunto: qué parte de tu patrimonio está trabajando, qué parte está dormida, y qué parte podría estar generando la liquidez y la tranquilidad que hoy no tenés, sin resignar lo que ya lograste.
El mejor momento para empezar a invertir fue hace 20 años. El segundo mejor momento es hoy. Y a veces "invertir" no significa poner plata nueva en algo, sino simplemente hacer que la que ya tenés empiece a trabajar de verdad.
