De la diplomacia al despliegue: Europa se mueve ante la avanzada de Trump por Groenlandia

Washington volvió a presionar por la isla ártica y calificó de “inaceptable” cualquier salida que no implique soberanía estadounidense. Dinamarca y sus aliados reaccionaron con despliegues simbólicos y un fuerte respaldo político.

Por Eric Nesich

Periodista especializado en Economía y Finanzas

Hace 1 hora

La tensión alrededor de Groenlandia volvió a subir un escalón luego de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmara que cualquier solución que no termine con la isla bajo soberanía norteamericana resulta “inaceptable”. La respuesta fue inmediata: tanto Dinamarca como el propio gobierno groenlandés rechazaron de plano una eventual cesión o venta del territorio, al que consideran parte innegociable del Reino de Dinamarca.

 

El cruce se profundizó tras una reunión en Washington entre el canciller danés Lars Lokke Rasmussen, el secretario de Estado Marco Rubio y el vicepresidente JD Vance, que terminó sin avances. Horas después, desde Europa llegó una señal clara: Copenhague anunció el envío de un primer contingente militar a Groenlandia, que arribó en un avión Hércules como anticipo de un despliegue mayor.

 

Se trata, por ahora, de una avanzadilla de oficiales destinada a preparar el terreno para un refuerzo posterior. Al mismo tiempo, Dinamarca activó de urgencia los ejercicios militares “Operation Arctic Endurance”. La movida no quedó aislada: Suecia, Noruega, Países Bajos, Francia y Alemania anunciaron que también sumarán personal, mientras que el Reino Unido confirmó el envío de un pequeño grupo de oficiales en las próximas horas.

 

Otros países europeos —entre ellos España, Polonia, Bélgica, Portugal y Finlandia— evalúan seguir el mismo camino en los próximos días. Los números son modestos y más bien simbólicos (Alemania, por ejemplo, enviará apenas 13 efectivos), pero el mensaje político apunta a dejar en claro que Groenlandia no quedará sin presencia militar danesa ni europea.

 

Desde las cancillerías insisten en que no se trata de preparar una respuesta bélica ante una hipotética invasión estadounidense, escenario que hoy parece lejano. El objetivo es otro: marcar presencia, reforzar la idea de control y evitar que Washington argumente una supuesta incapacidad de Dinamarca para garantizar la seguridad del territorio.

 

El Ministerio de Defensa danés fue más allá y anticipó que en las próximas semanas comenzarán maniobras con aviones de combate, buques y tropas terrestres, tanto propias como de aliados de la OTAN y de la Unión Europea. “La presencia militar en Groenlandia y sus alrededores se ampliará en coordinación con los aliados”, señaló el comunicado oficial, que puso el foco en entrenar fuerzas en las duras condiciones del Ártico y fortalecer la seguridad europea y transatlántica.

Francia volvió a ocupar un rol central en la respuesta política. Un vocero del presidente Emmanuel Macron advirtió que cualquier afectación a la soberanía de un país europeo tendría “consecuencias inéditas”. El propio Macron, de visita en una base aérea militar, fue tajante: Europa no negociará el respeto a la integridad territorial y Groenlandia, aunque autónoma, forma parte de la Unión Europea a través de Dinamarca.

 

No es casual que París levante la voz. Francia es hoy la única potencia nuclear dentro de la Unión Europea, tras la salida del Reino Unido del bloque, y su doctrina de defensa contempla el uso de ese arsenal en escenarios extremos para proteger intereses vitales, entre ellos la supervivencia del proyecto europeo. En los últimos meses, incluso, empezó a tomar fuerza el debate sobre si el paraguas nuclear francés podría convertirse, de hecho, en un escudo para toda la Unión.

 

El conflicto por Groenlandia, que hasta hace poco parecía una excentricidad diplomática, empieza a exponer un trasfondo más profundo: la desconfianza creciente de Europa hacia Estados Unidos como socio estratégico y la necesidad de construir una defensa más autónoma. En ese tablero, la isla ártica se volvió una pieza clave.

 

Mientras tanto, el mensaje que baja desde Bruselas y las principales capitales europeas es claro: no habrá concesiones territoriales y cualquier intento de presión encontrará una respuesta coordinada. La pulseada recién empieza, pero ya dejó en evidencia que el Ártico pasó a ser un nuevo foco de disputa geopolítica de alto voltaje.

 

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