Mercado|13 de mayo de 2021

El riesgo de no invertir a tiempo

¿Cómo actuar en un mundo en constante movimiento?

Por Maximiliano Suárez

Asesor Financiero de Bull Market Securities

 

Vivimos en un mundo de hiper especialización y cambio constante, algo que resulta paradójico y amenazante a la vez. La sociedad nos exige conocimientos cada vez más específicos para poder ser competitivos en un mundo difícil y hostil como lo es el ámbito laboral, pero a la vez la vorágine del cambio cultural y tecnológico hace que nadie resulte imprescindible. Esa misma sociedad que nos exige profundizar en nuestra especialización, mejorar y capacitarnos permanentemente, nos hace saber que en cuanto no seamos capaces de generarle valor, no dudará en tirarnos por la borda.

 


Así dicho parece cruel e insensible, pero es el mecanismo que ha mantenido andando al sistema de reparto de esfuerzos productivos más eficiente de la humanidad: el intercambio mercantil. Al fin y al cabo, nadie está dispuesto a pagar por algo que no le genere ninguna utilidad, entendida en sentido amplio como una satisfacción o mayor grado de bienestar. Equivalentemente, otros miembros de la sociedad no estarán dispuestos a pagarnos por lo que hacemos si no somos capaces de aportar al bien común o propio.

 


Eso garantiza que, en los sistemas de asociación libre, los desperdicios productivos, sobreprecios, o escasez de productos, sean mínimos, problemas que sí son frecuentes en economías dónde el intercambio mercantil se ha intervenido y regulado al punto de casi perder su esencia. Nunca antes tuvimos tanta cantidad, variedad y calidad de productos disponibles al alcance de la mano, lo que hoy encontramos en cualquier supermercado, sería la envidia de las cortes europeas más prósperas de antaño. La vara con la que medimos hoy nuestras necesidades se encuentra en un su cénit histórico, y está bien que así sea: eso es el progreso.

 


Sin ir más lejos, recientemente se armó un revuelo importante en la red social del pajarito luego de que unos jóvenes fueran discontinuados de su primer trabajo en una big tech, en la cual realizaban jornadas normales de 8-10 hs diarias, sin experiencia previa, por entre 3 y 4 SMVM mensuales. Nada mal para un primer trabajo, ¿no? Sin embargo, parece que fue suficiente, se anhelaban las bondades del sistema pero sin el esfuerzo asociado, derechos sin responsabilidades. Todo un símbolo de una época, una cultura y un país.

 


Lamentablemente esto no es posible, el progreso no viene solo, surge del orden, de un sistema de premios y castigos que es eficiente porque es severo e implacable, y no concede excepciones. Esto exige ser cada vez mejores y más idóneos en lo que hacemos, a la vez que nos requiere conservar la flexibilidad de poder adaptarnos a los cambios en el entorno con la suficiente rapidez para no ser desplazados. En breves palabras podríamos decir que es un mundo hecho a la medida del consumidor a costa del productor, y está bien que así sea, nuevamente: eso es el progreso. Como consumidores tenemos derecho a lo mejor, sin concesiones desmerecidas a empresaurios, prebendistas y administradores de kiosquitos de escasa transparencia.

 


Pero esta máxima ineludible del sistema amenaza nuestra dualidad como productores-consumidores. ¿Cómo podemos gozar de los beneficios como consumidores si nuestra existencia misma como productores no se encuentra garantizada? Ese riesgo permanente de volvernos prescindibles de un momento a otro genera una incertidumbre enorme, y seguramente de allí el descontento de muchos con un sistema que catalogan de “descartable”. Pero si queremos seguir disfrutando de las ventajas de la innovación permanente, tenemos que aprender a convivir con el riesgo y la incertidumbre.

 


Y ese es justamente uno de los aspectos claves en el mundo financiero: la asunción de que el riesgo existe, es ineludible y se debe lidiar con él. Mejor aún, se lo debe manejar, administrar. Cuando se realiza una inversión, el retorno es desconocido, pues es algo que va a determinar el mercado, quién diga lo contrario no es más que un charlatán o un estafador. Desde el momento en que la operación comienza a planificarse, lo único que el inversor controla es el nivel de riesgo con el que estará dispuesto a lidiar. Si sale bien, obtendrá los resultados que le haya permitido el mercado. Si sale mal, no habrá perdido más que lo arriesgado. Desde ya a nadie le gusta perder, pero si la pérdida era parte de la hoja de ruta y podía ser sobrellevada, no debería haber mayores problemas. La próxima será, lo importante es conservar la chance de tener una segunda oportunidad.

 


Esa misma enseñanza es extrapolable a la vida en general. Pensemos en lo que hacemos para vivir y como cambiaría nuestra vida si mañana nuestra profesión se viera amenazada o desapareciera. Depender únicamente de una profesión, oficio o trabajo, como única fuente de ingresos es algo que parece lógico en el corto plazo (y es hasta probablemente necesario), pero que en el largo plazo se vuelve un riesgo que nos hace más vulnerables. Es importante entonces, mientras nos enfocamos en ser cada vez mejores en lo que hacemos para ganarnos la vida, no perder de vista que también deberíamos intentar apuntalar nuestros ingresos con fuentes secundarias, lo que generalmente se conocen como rentas pasivas.

 


Desde ya, no es necesario ser un gurú de las finanzas para caer en la cuenta de esto, es algo que mucha gente intuye, pero que no sabe cómo llevar delante de manera eficaz. A veces la idea de armar un negocio por fuera de lo que se conoce puede ser abrumadora, tanto que puede llevar fácilmente a la parálisis y la inacción. Cualquier emprendimiento que intentemos nos llevará tiempo y una buena dedicación, además de dinero, presumiblemente en cantidades importantes. Quizás no todos cuenten con esa dotación de recursos, o incluso que oficie de excusa para no intentarlo. Pero acá es dónde aparece uno de los aspectos más fascinantes de la inversión bursátil: la democratización absoluta de los recursos y el conocimiento en el más fino state of the art.

 


Quien quiera, y pueda, intentar un negocio propio, adelante, la sociedad necesita de valientes dispuestos a dar el salto, a arriesgar todo para sumar al bien común y, con suerte, obtener una recompensa por ello. Pero para quién no esté preparado aún para dar ese giro, existe una solución intermedia, menos compleja: invertir en negocios que ya existen y funcionan, a través de la bolsa. Los beneficios son múltiples, pero entre los que podrían destacarse se incluyen la existencia de un track record, un equipo de management 24/7 completamente a disposición y la transparencia absoluta de la información, entre otros. Desde ya, esto no quiere decir que no haya que dedicarle tiempo ni esfuerzo, pero proporcionalmente será mucho menor que el que dedicaríamos a un negocio que depende de nosotros para funcionar. En el caso de una compañía cotizante, ya están todas las piezas ensambladas y la inversión pasa a ser parte de algo que ya está funcionando. Se trata entonces de medir los riesgos, asesorarse y animarse, siempre tomando los recaudos del caso.

 


Y ni siquiera es necesario un gran capital para empezar, de hecho hoy en día, gracias a la innovación permanente, casi no hay mínimos para invertir en bolsa, y si bien para la mayoría puede implicar aventurarse a algo nuevo y salir de la zona de confort, implica también ganar en seguridad y en independencia financiera. Es muy posible que a futuro se agradezca haber tomado esta decisión. Porque, como decía, las finanzas básicamente se tratan de la administración correcta de los riesgos, y una de las máximas ineludibles en ello es, por excelencia, la diversificación, no poner todas las fichas en el mismo lugar, ni siquiera en uno mismo.

 


Lo que hoy parece muy sensato, como apostar a lo que conocemos y estamos acostumbrados, nos puede oxidar y dejar inflexibles para los cambios que vengan en el futuro. El status quo muta permanentemente, no podemos aferrarnos a él, porque la única verdad es la realidad. Podemos ignorarla y hasta negarla, pero lo que no podemos es evitar las consecuencias de lo que hacemos. El riesgo es quedarse quieto en un mundo en movimiento.

 


Mientras antes tomemos conciencia de ello, y aprendamos a utilizar en nuestro favor y con responsabilidad los instrumentos que tenemos al alcance de la mano, estaremos haciendo un mejor manejo del riesgo: conocer, evaluar, planificar, actuar. No hay otra receta. Jugar a “lo seguro” en el corto plazo es, sin dudas, una contingencia a futuro, no hay mejor día para empezar a planificar el futuro financiero que hoy. El mayor riesgo es no invertir a tiempo.

 

*Disclaimer legal: Tenga en cuenta que existen riesgos asociados con la inversión en valores, incluida la posible pérdida de capital, de conformidad con la Norma FINRA 2210 (d)(1)(A). Este artículo no debe considerarse una solicitud o recomendación de compra. El material ha sido preparado únicamente con fines informativos.