De la apertura a la competitividad: la próxima agenda del comercio exterior argentino

La apertura y la simplificación del comercio exterior cambiaron el punto de partida, pero el próximo desafío es convertir esas reformas en competitividad, con infraestructura, financiamiento y reglas estables que permitan sumar empresas y exportadores desde todo el país.

Por Yanina Lojo

Experta en comercio exterior y finanzas

Hace 1 hora

La simplificación y la apertura cambiaron el escenario del comercio exterior. El próximo desafío es construir las condiciones para que más empresas, desde cualquier punto del país, puedan producir, invertir y competir internacionalmente, dentro de una estrategia de inserción que se sostenga en el tiempo.

 

Argentina está atravesando una transformación importante en materia de comercio exterior. La eliminación de restricciones, la simplificación de procedimientos, la digitalización y una mayor apertura modificaron un escenario que durante años estuvo caracterizado por controles y dificultades para operar. Era una agenda necesaria y reconocer los avances es importante, porque permiten empezar a discutir una etapa diferente y probablemente más compleja: cómo transformar esa apertura en competitividad.

 

Son dos procesos que se complementan, pero que requieren herramientas y tiempos distintos. Una restricción puede eliminarse mediante una norma, un arancel puede modificarse y un procedimiento administrativo puede simplificarse. Construir infraestructura, reducir costos logísticos, desarrollar financiamiento, conquistar nuevos mercados o conseguir que miles de empresas se incorporen de manera sostenible al comercio internacional exige, en cambio, inversión, coordinación y continuidad. Por eso, la próxima etapa debería permitirnos pasar de una agenda concentrada fundamentalmente en remover obstáculos a otra orientada también a construir capacidades.

 

La idea podría resumirse de manera sencilla: abrir es una decisión; competir es una construcción.

 

Una empresa compite con todo el sistema

Durante años buscamos explicar los problemas de competitividad argentina a partir de una sola variable. Todas importan, pero ninguna explica por sí sola la capacidad de una empresa para competir internacionalmente. Quien intenta vender en otro mercado enfrenta simultáneamente el costo de sus insumos, el financiamiento disponible, la infraestructura, el transporte, los impuestos, las regulaciones y los tiempos administrativos. En definitiva, una empresa no compite con una variable: compite con toda una estructura. Y es esa interacción la que configura el costo sistémico de comerciar.

 

Los datos permiten dimensionar parte del desafío. En el último Índice de Desempeño Logístico del Banco Mundial, Argentina ocupó el puesto 73 entre 160 países, por detrás de Brasil, Chile y Uruguay. Para un recorrido comparable de 320 kilómetros, transportar granos por camión resultó 32% más caro en Argentina que en Brasil y 28% más caro que en Estados Unidos.

 

Ese último dato introduce una discusión que debería ocupar un lugar mucho más importante en nuestra agenda. No enfrenta la misma estructura de costos una empresa instalada cerca de los principales nodos logísticos que otra que debe recorrer 800, 1.000 o 1.500 kilómetros antes siquiera de iniciar su trayecto internacional. Para buena parte de nuestras economías regionales, la distancia al puerto no es simplemente un dato geográfico: es una variable económica que puede determinar la viabilidad de una operación.

 

Por eso, la competitividad no puede depender del código postal. Si queremos que el comercio exterior sea una verdadera herramienta de desarrollo federal, no alcanza con identificar qué provincias tienen potencial exportador. Tenemos que construir infraestructura, corredores logísticos, conectividad ferroviaria y puertos eficientes para que ese potencial pueda llegar competitivamente a una frontera. Federalizar las exportaciones significa, en definitiva, federalizar también las condiciones para competir.

 

A esa ecuación se suma el financiamiento. El crédito privado representa aproximadamente el 15% del PBI argentino y el destinado a empresas apenas siete puntos, una distancia considerable frente a otras economías de la región. Una empresa que no puede financiar capital de trabajo, incorporar tecnología o sostener los plazos que requiere desarrollar un mercado internacional comienza la carrera varios metros detrás de sus competidores. Quizás por eso deberíamos dejar de buscar permanentemente “el” costo argentino y empezar a trabajar sobre algo más amplio: las condiciones argentinas para competir.

 

Una apertura que funcione en las dos direcciones

La facilitación de las importaciones puede contribuir a construir esas condiciones. Acceder de manera competitiva a tecnología, bienes de capital e insumos permite incorporar innovación, mejorar productividad y reducir costos en numerosos sectores. Esto vuelve cada vez menos útil aquella discusión que durante años planteó importaciones, producción y exportaciones como agendas necesariamente contrapuestas.

 

Una economía que quiere exportar más también necesita importar mejor. Pero una estrategia de inserción internacional no termina cuando un producto extranjero puede ingresar más fácilmente a Argentina; también necesita conseguir que un producto argentino pueda ingresar más fácilmente al mundo. Eso requiere acuerdos comerciales, negociaciones sobre barreras de acceso sanitario, apertura de mercados, inteligencia comercial y promoción exportadora.

 

La oportunidad de la próxima etapa consiste justamente en complementar la apertura importadora con una agenda igualmente ambiciosa de apertura exportadora, entendiendo ambas como partes de una misma estrategia de competitividad.

 

Algo similar ocurre con la simplificación. Argentina avanzó en digitalización, pero pasar un formulario del papel a una pantalla no necesariamente implica transformar un proceso. La verdadera facilitación requiere interoperabilidad entre organismos, gestión inteligente del riesgo y una revisión mucho más profunda de la información que el Estado solicita a las empresas. Hay un principio sencillo que podría ordenar buena parte de ese proceso: el mejor dato para dejar de pedir es aquel que el Estado ya tiene.

 

Facilitar, en ese sentido, no significa controlar menos, sino controlar mejor: utilizar tecnología e información para concentrar los recursos allí donde existe riesgo y reducir costos innecesarios para quienes cumplen.

 

Exportar más también significa sumar exportadores

Otro de los desafíos centrales es ampliar la cantidad de empresas que participan del comercio internacional. En 2006 Argentina llegó a tener 15.075 empresas exportadoras y en 2024 fueron 9.085. La concentración también es significativa: apenas el 9% de las firmas explicó el 93,6% del valor exportado y las diez principales concentraron por sí solas el 42%.

 

Los datos recientes que muestran una recuperación en la cantidad de empresas exportadoras son, por eso, una señal positiva que vale la pena destacar. El desafío es conseguir que esa mejora se sostenga y se profundice, porque durante demasiado tiempo medimos el éxito exportador casi exclusivamente por los dólares generados y prestamos menos atención a cuántas empresas estaban detrás de esas ventas.

 

Argentina necesita exportar más, pero también necesita más exportadores. Y eso implica empezar a observar cuántas empresas realizan su primera venta internacional y, especialmente, cuántas consiguen volver a exportar después. Es lo que denominó “la regla de la primera venta”: no mirar solamente cuánto venden quienes ya están internacionalizados, sino cuánto conseguimos ampliar nuestra base exportadora.

 

La primera exportación es un hito, pero no debería ser el punto de llegada. El verdadero desafío consiste en convertir esa primera operación en una estrategia internacional sostenible. Y ahí aparece una responsabilidad que no corresponde exclusivamente al Estado.

 

Durante muchos años, en numerosas organizaciones el área de Comercio Exterior intervenía al final de la decisión: primero se compraba o se vendía y después alguien debía ocuparse de importar o exportar. Ese modelo necesita evolucionar. Hoy el profesional de Comex debe comprender mercados, costos, logística, financiamiento, riesgos, normas de origen y condiciones de acceso. Tiene que interpretar antes de ejecutar, porque muchas veces es precisamente ese análisis el que determina si un negocio internacional es viable.

 

La profesionalización también construye competitividad. El comercio exterior ya no puede ser considerado solamente un trámite operativo: es una función estratégica dentro de la empresa. El Estado puede abrir mercados y simplificar procedimientos, pero son las empresas y sus profesionales quienes finalmente tienen que transformar esas oportunidades en inversión, producción y exportaciones sostenibles.

 

Una política de Estado que no vuelva a empezar cada cuatro años

Todo lo anterior requiere una condición adicional que quizás sea la más difícil de construir: continuidad.

 

En 1948 Argentina representaba aproximadamente el 2,78% de las exportaciones mundiales. En 2023, nuestra participación era de apenas 0,28%. Una transformación de semejante magnitud no puede atribuirse seriamente a un gobierno, una medida o una coyuntura. Es el resultado de un proceso de décadas, atravesado tanto por decisiones internas como por enormes cambios en la economía mundial. Precisamente por eso, la respuesta tampoco puede construirse pensando en períodos de cuatro años.

 

El comercio exterior y la estrategia de inserción internacional tienen que convertirse en una política de Estado y dejar de depender exclusivamente de la política de cada gobierno. Eso no significa que todos los gobiernos deban utilizar los mismos instrumentos, fijar las mismas prioridades o tener idéntica visión sobre cada regulación. Significa acordar una dirección suficientemente sólida como para acumular resultados en lugar de comenzar nuevamente cada vez que cambia una administración.

 

Argentina no puede resetear su estrategia de inserción internacional cada cuatro años.

 

Abrir un mercado requiere años. Construir infraestructura requiere años. Desarrollar un nuevo sector exportador requiere años. Conseguir que una PyME realice su primera exportación y después pueda consolidarse internacionalmente también requiere años. Si modificamos permanentemente la dirección, las reglas y las prioridades, no sólo perdemos tiempo: destruimos parte del aprendizaje y de las capacidades construidas durante el ciclo anterior.

 

Una política de Estado no supone inmovilidad. Al contrario, debe poder adaptarse a un mundo que cambia cada vez más rápido. Pero debería existir un consenso básico que sobreviva a las coyunturas: Argentina necesita integrarse al mundo, aumentar y diversificar sus exportaciones, ampliar la cantidad de empresas internacionalizadas y construir mejores condiciones para producir y competir. Ese debería ser el punto de partida sobre el cual cada administración construya su propia agenda, sin volver siempre a la casilla inicial.

 

Construir sobre lo que ya empezó

La agenda es amplia. Incluye infraestructura y logística, financiamiento, facilitación, una Aduana más inteligente, apertura de mercados, una carga tributaria compatible con la formalidad, previsibilidad y profesionalización del comercio exterior. Ninguna de esas variables, por separado, convertirá a Argentina en una economía competitiva. Pero juntas pueden construir un entorno en el que muchas más empresas estén en condiciones de aprovechar las oportunidades que genera una mayor integración con el mundo.

 

Argentina tiene hoy una oportunidad. La simplificación, la desregulación y la apertura comenzaron a modificar el punto de partida. La próxima etapa debería aprovechar esos avances para construir una agenda en la que importar mejor contribuya a producir mejor, producir mejor permita exportar más y exportar más signifique también incorporar nuevos exportadores. Y, fundamentalmente, que esa posibilidad exista en todo el territorio, porque la competitividad no puede depender del código postal.

 

La apertura genera oportunidades; la competitividad determina quién puede aprovecharlas. Y la continuidad determina si esas oportunidades terminan transformándose en desarrollo. Por eso, la pregunta que debería ordenar la próxima etapa no es solamente cuánto queremos comerciar con el mundo, sino qué Argentina queremos insertar en él. Una Argentina con más empresas internacionalizadas, mejores condiciones para producir y competir, una mirada verdaderamente federal y una estrategia de inserción internacional capaz de sobrevivir a las coyunturas.

 

La apertura fue un paso necesario. Ahora tenemos la oportunidad de construir sobre ella. Y, esta vez, de hacerlo sin volver a empezar cada cuatro años.

 

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