Qué tienen en común las elecciones con la educación

Para tomar buenas decisiones, es aconsejable instruirse. La premisa es tan válida tanto para elegir cómo alimentar a tus hijos, como para elegir a las autoridades de un país. Se trata de recolectar información, pensar racionalmente y elegir la mejor opción posible.

Por Marina Kienast

Abogada, Traductora y dirigente de Republicanos Unidos

 

Para decidir quién conducirá el destino de nuestro país, es imprescindible contar con una educación de calidad. Sin embargo, para que exista acceso a dicha educación, ¿No habría, primero, que elegir bien?

 

Más allá del dilema, que es análogo al del huevo y la gallina, creo en ambas como las herramientas más importantes que tenemos para ser libres. Y hoy, tanto el acceso a una educación de calidad, como la integridad de las próximas elecciones, están en peligro. 

 

En marzo de 2020 mis hijos fueron una semana al colegio. La pandemia, gestionada por un gobierno repleto de dudas e incertidumbres, nos encerró inicialmente 15 días. Dos semanas que se convirtieron de manera caótica en un año lectivo perdido.

 

Ya habrá quién salga a predicar que clases hubo, que lo que faltó fueron clases presenciales. La visión, reduccionista, olvida que clases hubo únicamente para los alumnos afortunados, aquellos que contaron con el “kit educativo en épocas de Covid”: dispositivo propio, conectividad, padres que siguieron trabajando desde casa y pudieron acompañarlos en el proceso, docentes informatizados que se adaptaron al nuevo entorno. Sea cual sea el porcentaje de chicos que mantuvieron el ciclo lectivo a distancia, en Argentina, donde el 63% de los niños están en situación de pobreza, esa cifra es sin duda una minoría.

 

El gobierno, testigo en un principio junto al resto del mundo de la evolución del virus y la creciente incertidumbre, eligió la ruta fácil. No se esforzó por preparar las escuelas para una presencialidad con prevención y conciencia, ni por convocar a toda la comunidad para buscar una manera de hacerlo viable. Optó en cambio por dilatar cualquier estrategia, dejando a millones de estudiantes en una pausa académica. La interrupción de la educación, principal motor de ascenso social, profundizó la brecha de desigualdad que tanto combate en su relato cínico y engañoso. 

 

Hoy, a mitad de febrero, escuchamos de parte de funcionarios que no están dadas las condiciones para que haya elecciones en agosto. Aún restan seis meses para agosto. ¿Qué pasaría si nunca llegan las vacunas? ¿O si el operativo de vacunación no funciona? ¿Si el virus muta y se vuelve más contagioso y mortal? ¿Nunca más vamos a votar? ¿Van a heredar los cargos sus descendientes? 

 

Seis meses parece tiempo suficiente para “revolucionar la democracia” y establecer un protocolo para poder votar. En definitiva, para otros procesos no existió obstáculo alguno. No tuvieron problema en mandar a jubilados a cobrar su pensión presencialmente y en un mismo horario, tampoco dudaron al organizar un funeral multitudinario en Casa Rosada. Sin embargo, no existieron complicaciones de ningún tipo ni dilemas éticos para ofrecer un servicio VIP de vacunación para amigos del poder y funcionarios sin factores de riesgo.

 

No se preocupen. Con responsabilidad y cuidados, las elecciones las vamos a llevar a cabo sin sobresaltos.

 

En lugar de convocar voluntarios para recorrer supermercados a controlar precios y seguir destruyendo la economía del país, ¿por qué no los convocaron para mejorar las escuelas vacías? Hoy, un año después, siguen sin reunir las condiciones para recibir alumnos en un ambiente que asegure higiene y distanciamiento social. Ahora que gustan de convocar voluntarios…podrían incluso hacerlo para idear un protocolo de cara a las elecciones de agosto.

 

El 2020 nos provocó abstinencia de libertad. Afortunadamente, despertó consigo un impulso en cientos de miles de ciudadanos por valorarla y recuperarla. Pero para que la libertad no sea una palabra más en un folleto partidario o en un discurso político, es esencial que nos rebelemos ante el ataque sistemático a estas dos instituciones: la educación y las elecciones. Los riesgos que pudieran presentar las aulas y las urnas no se comparan con su ausencia: esclavitud populista y totalitaria.